lunes, 27 de enero de 2014

Libros y Metros.

Leer en el Metro es una batalla perdida. Lo sé, lo sabemos. Intentar concentrarte en el universo que las páginas han creado para ti es imposible. Ya no es únicamente el encontrar un asiento libre, o el no estar rodeado de bocas que escupen conversaciones superfluas (nunca me he encontrado a Nietzsche en el vagón tres del Metro con destino Rafelbunyol de las siete menos cuarto de la mañana), sino que el simple traqueteo del transporte impide la plena concentración en la lectura. A veces ocurre, con páginas sencillas, que la esencia general del texto la captas, aunque pierdas por el camino todos sus matices. Pero por lo general, ni siquiera eso se salva. Por lo general, no te encuentras en una isla de un metro cuadrado libre de humanos, sino que te toca lidiar con las peroratas y chascarrillos del vecino de asiento. Si tienes un mal día, incluso puede que disfrutes de las melodías que grita un móvil de última generación en las manos de un niñato de chándal y pelo de escoba.
Aun así, día a día hay quienes que, como un servidor, libran su particular lucha contra el estado de las cosas. Al fin y al cabo -te dices-, es una lucha más bien interna. No es tanto el sobreponerse a los ruidos mundanos del exterior (pues hasta el habla, o la música, no son más que ruidos normalizados, "huamnizados"), como el sobreponerse a uno mismo, a las distracciones de las que el cerebro nos hace partícipes. Parece que él mismo no quiera aprender, que no quiera enriquecerse y entrenarse. Una paradoja, quizás. Se convierte así, la lectura en el Metro (y cuando digo Metro digo igualmente coche o autobús, porque en bicicleta ya es más difícil), en un acto casi místico y espiritual, en reunirse uno con su "yo" interior para dedicarse por completo a una tarea. En cierto modo es un buen entrenamiento para un mundo que ofrece tantas distracciones.
Puede incluso convertirse en un acto de misantropía, del individualismo más radical. Crearse una burbuja que no filtre ningún tipo de sensación, donde únicamente se preste atención a lo leído. Y que si alguien habla en una frecuencia superior a lo formalmente correcto, le eches una mirada asesina, de "eh, tío, yo me he subido una parada antes que tú, me corresponde el privilegio de mandarte callar si me molestas mientras leo".
O a lo mejor sólo soy yo, y en el Metro la gente lee de puta madre. En cualquier caso, si me veis con un libro y atento, por favor, ni me penséis.

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