jueves, 8 de diciembre de 2016

La mierda.

Son las cuatro de la mañana.

Vuelvo solo a casa, un poco tocado por una serie de afortunados errores etílicos. Pienso en la buena noche que he pasado, las risas que nos hemos echado, los chascarrillos. Pero algo en las tripas se me revuelve, algo no es como debería ser. Estoy comparando esta noche con años anteriores. Si todo hubiera seguido igual, la hubiera pasado tirado en casa, pero hubiera estado mucho más feliz. Lo de esta noche ha sido un escape banal, un parche minúsculo a un roto enorme, que consigue sujetar los jirones que quedan durante unas pocas horas. Además -y ya lo puedo predecir-, por la mañana me sentiré un miserable por haber vuelto a beber, y de esa manera. Me hace pensar que mi fuerza de voluntad cuando podía rechazar sin dudar el alcohol, no era mía. Recuerdo también que he salido un poco forzado por la situación, que era "obligado" salir a divertirme en la fecha de hoy, a pesar de llevar todo el día en una vorágine autodestructiva y con ganas cero de aparentar felicidad. Sin embargo, estoy agradecido a las dos personas que me han sacado de casa.

Son las nueve de la mañana.

La ansiedad es la primera en felicitarme el cumpleaños. De nuevo, me vienen imágenes de años mejores, la ilusión que tenía en este día, que hoy rezaba por que no llegara. Me levanto, voy al baño, me lavo la cara y me vuelvo a acostar, sin poder dormirme. La ansiedad sube por mi garganta, me estruja el corazón, que late rapidísimo. Estoy conteniendo toda la semana la presión de querer derrumbarme y no encontrar un hueco para hacerlo en soledad; siempre rodeado de gente. Y me preocupa no poder aguantar hasta que acabe el día, porque se va a montar toda la parafernalia que rodean este tipo de eventos. Me descubro a mí mismo deseando que hoy sea un día festivo normal, que no se centre la atención en mí, y que me dejen en paz. Ahora en la cama, estoy atento a que entren y me vean despierto y triste. Tengo que aparentar dormir, sorpresa y felicidad, en ese orden. Y así todo el día. Ya sé que será largo y acabaré agotado.

Son las doce y media.

Tengo unos momentos de soledad en la habitación. La ansiedad está llegando a su punto álgido, o no, no lo sé, porque siempre hay un poco más. Por un momento caigo en quién me ha podido mandar una felicitación anónima. Mierda. Se me altera el pulso aún más si cabe, se me hace un nudo en la garganta y agacho la cabeza. Los repetidos mensajes de felicitación de amigues y conocides los leo como si de un anuncio publicitario se tratase. Todo es plástico, pose, estética. Algún mensaje más personal me saca del pozo un poco, pero tampoco por muchos minutos. Siento que no puedo manejar esta situación, y ojalá acabe ya el día y pueda olvidarme de todo. Ojalá el capítulo 3 de Black Mirror. Entra mi familia en la habitación a darme los regalos. Sonrisa triste intentando ser sincera, agradeciendo de corazón el gesto, y poco más; porque de nuevo todo parece banal, no tiene importancia, los regalos apenas me causan una mínima alegría. Es estúpido y absurdo el teatro que estamos montando hoy. Lo cambiaría todo por un poquito de lo de antes. Sin embargo, para no romper la fragilidad del momento, finjo que me encanta la situación, los regalos, todo. En algunos momentos, se crean silencios en la conversación, que a mi juicio evidencian que todes estamos pensando lo mismo. Por mucho que intentemos aparentarlo, no está siendo lo que querríamos, es una falsa felicidad, cada une estamos representando un papel y tirando de tópicos. Para mí que nos acordamos de otros años y lo felices que éramos de verdad en aquellos momentos que ya se han ido. No hay maldito punto de comparación. Y a partir de aquí, comienza la escalada hacia el pico.

Son las cuatro de la tarde.

No tengo hambre. No quiero comer. Sin embargo, hago de tripas corazón e intento acabar lo antes posible, pero se me hace cuesta arriba. El ambiente en general es amistoso y festivo, e intento camuflar el huracán que llevo dentro. Es sin duda una comida mucho menos animada que la de otros años, faltan unas cuantas personas. Por suerte no hay tarta, no hay paripé de soplar velas (menudo deseo hubiera pedido). Me acuerdo en ese momento de anoche, al pillar el metro. Hubo un segundo, al borde del andén, en el que jugué conmigo mismo, fantaseando con la idea última. Durante un segundo, en el momento en que pensaba eso, me sentí libre y en paz. Luego volví al mundo real.

Son las nueve de la noche.

Por fin estoy solo en mi habitación. A oscuras, sólo el flexo ilumina algo. El ambiente perfecto para rematar esta triste crónica de un día que preferiría haberme saltado. Me siento más calmado, supongo que por estar centrado en escribir. Releo varias veces el texto. No me gusta, ni siquiera me identifico ya tanto con todo lo escrito, pero rememoro el día y sé que ha sido así. Así que, por justicia con mi yo de hace unas horas, supongo que lo publicaré. Otra es que lo publicite. Creo que al final me ha quedado mucho más descriptivo de lo que quería, pero no pienso tocar lo que he escrito cuando más estaba sintiendo.

Queda ya muy poco para poder tumbarme a dormir, a puerta cerrada, a abrazar de nuevo a mis demonios. Intuyo que mañana me sentiré mucho mejor que hoy, porque es como suele equilibrarme mi cuerpo, pero no me atrevo a decir bien. Hace tiempo que dejé de estar bien, de saber quién soy y qué hacer. Dudo de todo, pero especialmente de mí mismo. Siempre he considerado que tenía que ser ejemplo, que tenía que serme fiel, y cada vez me traiciono más, me separo de aquél que se supone que quería ser. Me dejo absorber más por la norma, me odio.

Tendré que hacer otro texto, supongo, porque este es una mierda.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Autoterapia autopsicológica: Autocrítica autodestructiva.

Parece que has vuelto. De nuevo tú y yo, frente a frente en el espejo. En el fondo lo sabías, que esa situación no podía durar para siempre. Eras demasiado feliz, y tú no te mereces tener ese privilegio. Tú sabes todos tus trapos sucios, la basura que eres, lo poco que mereces.

Al fin y al cabo, ¿por qué lo hiciste? Empezar, digo. Me habías prometido que no volvería a pasar, que una vez era suficiente, que solos estábamos mejor. Y sin embargo te dejaste caer, te traicionaste como poca gente se ha traicionado nunca. Dejaste de relacionarte con amigues, abandonaste el colectivo, te centraste en cultivar tu egoísmo y tu ego. Pasaste de ser alguien a quien se podía respetar, a ser un alienado más, o peor, un concienciado que no hace nada. Eres un cadáver en vida, hueles a podrido.

Pero mírate ahora, al final del camino, al inicio del túnel. Eres un despojo, una sombra de lo que fuiste. Apenas queda nada del chaval que tenía los principios por delante, que era capaz de sacrificar cosas por sus ideas. Tú sólo eres un anarquista postureta de mierda, dices mucho y no haces nada. Que no has vuelto al colectivo porque temes no tener tiempo para dedicarle, pero te pasas los ratos muertos leyendo cómics o viendo series, como un parásito. Claro que no te mereces más que lo que tienes, y ni siquiera eso. Sigue activo en las redes, pero no salgas a la calle. Sigue diciendo que no bebes, y pillándote ciegos cada fin de semana. Del último potaste, cerdo, aunque nadie más que tú y yo lo sepamos. Eres hipocresía con patas, ese tipo de persona a la que odiarías y escupirías. Es en lo que te has convertido. Vuelve a caer y a pensar que te levantarás, vuelve a dejarte caer por el tobogán de la autodestrucción hacia el maldito infierno en el que tú y sólo tú estás convirtiendo tu vida.

Llora un poquito por aquí, simula que te desahogas y que esto no es mierda autocompasiva, a ver si convences a alguien. Da pena en lo que te has convertido. Das pena. En el fondo lo que quieres es un poco de casito, pero ojalá no te lo den y te hundas del todo, a ver si así cumples tus ideas más oscuras, que ni para llevarlas a cabo eres valiente. Sólo te acercas, fantaseas y tonteas con desaparecer, pero no te atreves a hacerlo.

Arráncate la piel, aléjate de quienes te ofrecen ayuda, sabes que ensucias cuanto tocas. No debes contagiar tu amargura a quien todavía tiene ilusiones, tienes que estar solo, como antes. Vuelve, déjate seducir por la idea de volver a ser como antes, o de no ser.

Al final, ¿qué elegirás?

domingo, 18 de septiembre de 2016

Se acabó

Ya ha pasado la tormenta.
Ahora sólo quedan los restos del navío
que no supo escapar a tiempo.

Quedas tú, a oscuras en la habitación,
pensando en el temporal
que acaba de trastocar toda tu vida.

No sabes ni cómo reaccionar,
pues no sabes ni qué sientes.

Sólo vacío.

Incertidumbre, miedo y ansiedad.
Abren la puerta y entran
antiguos compañeros de noches tortuosas.
Esos fantasmas que creías haber enterrado,
pero que han vuelto más fuertes
para hacerte daño.

No puedes ganarles, estás débil.

Te clavas puñaladas de realidad en la cabeza,
te dices que eres mierda,
ríes con locura
y enloqueces de dolor,
te escupes,
te insultas,
te golpeas,
te muerdes,
te cortas,
te desgarras.
Pero da igual,
por dentro ya estás desgarrado.

Y gritas
rasgándote las cuerdas vocales,
hasta que vomitas todo lo que llevas dentro.
Te arrancas el alma,
caes,
en una espiral autodestructiva,
al vacío.

Sólo queda acabar,
desaparecer.
El resto no importa,
siempre que la agonía acabe.

Por eso estas frases no riman.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Para ti, pequeña.

No sé muy bien cómo empezar esta carta, que por suerte o por desgracia, nunca leerás.

Tengo muchas cosas que decirte, y a la vez no sé cómo contártelas todas sin que quede desordenado. Empezaré diciéndote que eres una de las personitas más importantes de mi vida, que te quiero mucho. Tenía muchas ganas de conocerte, de verte, porque eres el resultado de todo lo que nos podemos querer tu madre y yo. Sí, se que suena un poco bestia y loco hablar de maternidad/paternidad a estas edades, pero a cada cual le viene cuando le viene, y cada vez que oía a mamá hablar de que tenía un retraso, en el fondo creo que deseaba que siguiera adelante y formáramos una nueva vida, aunque eso es algo que siempre me he guardado para mí.

Sabes, te he imaginado de muchas maneras cuando hemos hablado de ti, pero siempre has mantenido el pelo, los ojos y la piel de tu madre. Sé que también has heredado su nerviosismo y su genio, eres como una pequeña proyección de ella aliñada con cositas mías. Y me gustas mucho así. Ahora mismo te imagino andando en patucos por el pasillo de una casa que no existe, por un suelo de parquet intentando mantener el equilibrio y coordinar todo tu cuerpo. Con ese pirri tan gracioso que tu madre siempre ha querido hacerte, con los mofletes rojos e hinchaditos, propios de la edad. Te como, pequeña.

Juntos pensamos algunos aspectos de tu educación que no queríamos dejar al aire (ella se moría por apuntarte a ballet desde pequeñita), algunos libros que queríamos leer contigo en la cama (yo compré uno expresamente para enseñarte a leer, un clásico muy bonito sobre niños, monstruos, y el lugar donde viven), algunas actitudes que queríamos, y otras que no queríamos enseñarte y que adoptaras (aunque al final los tres sabemos que ibas a hacer lo que te diera la gana). En suma, queríamos hacerte una mujer fuerte, libre, independiente y autosuficiente. Sé que hubieras acabado siendo así, y estoy muy orgulloso de ti por ello.

Te escribo esta carta más que nada para despedirme, para que sepas que a pesar de todo, siempre estaré contigo, y tú conmigo. Es cierto que no eres real, sólo eres la idealización de la pequeñaja que queríamos tener, pero necesitaba escribirte esta carta, despedirme de algún modo de ti. Porque aunque nunca hayas sido real, dentro de mí has ido tomando forma durante todo este tiempo, y te he cogido un cariño irracional del que ahora he de desapegarme. Quiero que sepas que eres increíblemente especial, y eso nunca debes de olvidarlo. Sé fuerte, lucha por lo que crees, y no desistas, no te rindas, pues todo saldrá bien. Te quiero muchísimo, a ti y a mamá, aunque haya que enterrar todo eso. Siempre voy a tener un hueco para ti dentro de mí.

Te quiere mucho, con todo su corazón,

Papá.

Tiemblo.

Tengo un poquito de ansiedad y por eso me apetece hablar contigo, para que me distraigas y me mimes y me tranquilice. Pero hace tiempo...