viernes, 26 de noviembre de 2010

Don't worry, be happy

La felicidad es, ante todo, una prioridad del ser humano, prácticamente imposible de saciar, pues por todos es sabido que cuando algo tienes, algo superior y que implica un reto deseas. Así pues se podría decir que la felicidad es una utopía casi imposible de conseguir.

            Pero esta felicidad utópica no es una felicidad pasajera, pues entonces no sería verdadera felicidad sino simple apariencia, es una felicidad de plenitud en todos los ámbitos. Metiéndonos de lleno en el tema que nos ocupa, para nada se puede decir que la felicidad es cosa nuestra. La felicidad individual es evanescente, y por lo tanto no es verdadera felicidad. En cambio, la felicidad colectiva, aquella que se experimenta cuando se sabe que todo está bien (tanto para el individuo como para sus allegados), sí se puede considerar felicidad en el sentido completo de la palabra. Y es que para ser feliz no basta con cumplir el sueño americano, como algunos dicen (salud, dinero y amor), sino que es necesario que a estos factores mencionados se les añada el factor “compañía”, y no cualquier compañía, sino una buena y productiva compañía. Añadir también que esto no conviene a mucha gente, y es por ello que hay quien deforma la realidad, vendiendo una felicidad falsa, pues la infelicidad produce insatisfacción y la insatisfacción es el primer recurso utilizado para vender y embaucar a los pobres ignorantes. Centrándonos en el tema, la felicidad es cosa de los demás porque el ser humano ha evolucionado hasta depender de la compañía de los demás seres humanos, y por tanto, un ser humano aislado totalmente del resto de la Humanidad no puede ser feliz.

            Ejemplificando lo dicho hasta ahora, una persona rica no podría ser feliz viendo cómo un niño se muere de hambre, por mucho dinero, amor, salud y prestigio que tenga. Es más, cada persona, para encontrar la felicidad, ha de hacer felices a los demás (o esa es mi opinión al respecto), para a continuación poder por sí misma sentirse plena y realizada, y por tanto feliz. Y hay quien para conseguir la felicidad pasajera (bastante más fácil de conseguir que la verdadera felicidad), alude a los sentimientos más profundos de las personas, como puede ser el hecho de, como se ha hecho hace poco, utilizar la sensación que produce el hacer el amor para relacionarla con votar a cierto partido político (no seré yo quien le dé propaganda), cosa que  nos indica que si votamos al partido en cuestión experimentaremos las mismas sensaciones (todo el mundo sabe que es mentira, los políticos creen que convencen), y esto es jugar con las experiencias de la gente. Por otro lado, he de ponerme como ejemplo para reforzar mi teoría; yo, en mi humilde intento por entender el mundo llegué hace tiempo a la conclusión de que para hallar mi propia felicidad, necesitaba que los demás fueran felices (cosa que me ha traído más de un quebradero de cabeza), y esto algunos lo han catalogado como egoísmo maquillado (pues el fin de todo esto es conseguir mi propia felicidad), mas no por ello desisto en el intento, y como expuse en otra argumentación, desarrollé un sistema (utópico, todo hay que decirlo), que puesto en práctica beneficiaría  a todo el mundo que hiciera uso de él. Dándole un valor numérico de “1” a la felicidad de una persona, si esa persona intentara conseguir la felicidad de los que le rodean (vamos a suponer que son tres personas, A, B, C y nuestro sujeto, X), A, B y C ganarían “1” en felicidad cada uno. Pero si cada uno de ello también usara este sistema, los valores de felicidad aumentarían considerablemente, pues A se beneficiaría de B, C y X, B de A, C y X y así sucesivamente, con lo cual, con sólo cuatro personas la posibilidad de alcanzar la felicidad se triplicaría. Aun así, es únicamente un método teórico, pues en la práctica, según la gran mayoría “no hay tan buenas personas en el mundo”.

            En conclusión, si queremos alcanzar nuestra felicidad, queramos o no la subordinaremos a la felicidad de las personas de nuestro alrededor.

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